El Alto es la ciudad ‘rebelde’ de Bolivia. Anteriormente un barrio pobre a las afueras de la ciudad de La Paz, que fue olvidado por consecutivos gobiernos hasta que se hizo demasiado grande para ser ignorado. Su población, inmigrantes Aymaras en su mayoría procedentes del Altiplano, depende de fuertes redes comunitarias en ausencia del apoyo del gobierno. El Alto es ahora una de las ciudades más grandes de Bolivia y un importante centro económico, pero su gente no ha olvidado la importancia de ser solidarios.
El 20 de abril de 2008, organizaciones comunitarias del Distrito Cuarto de El Alto convocó un Gran Cabildo Popular en protesta a los Estatutos de Autonomía propuestos por Rubén Costas, Prefecto del Departamento de Santa Cruz – parte de la ‘Media Luna’ – un grupo de departamentos orientales dirigidos por prefectos opuestos al Presidente Evo Morales. Estos Estatutos fueron vistos por muchos en El Alto y el occidente como un intento para formar un estado independiente.
El Cabildo, una mezcla entre manifestación y un mitin político, es una demostración de la solidaridad comunitaria por la que El Alto es famoso. A pesar del discurso agresivo por parte de los líderes políticos locales, quienes gritan amenazas de ‘muerte a los separatistas’ desde la pasarela, el grupo formado por 2-3.000 personas se muestra tranquilo. Los manifestantes agitan la bandera nacional boliviana y la Wipala, la bandera de las Naciones Andinas, o sostienen orgullosos los estandartes con el nombre de la vecindad a la que pertenecen, mientras niños juegan y ancianas hacen punto. Cabildos en El Alto no han sido siempre tan pacíficos; en octubre de 2003, bajo un gobierno menos tolerante a las protestas, la milicia abrió fuego a unos doscientos metros a una reunión similar. La masacre del ‘Octubre Negro’ sigue fresca en la memoria comunitaria de El Alto, y varios participantes llevan pancartas demandando que Gonzalo Sánchez de Lozada, presidente en aquel momento y que actualmente vive en los Estados Unidos, sea entregado a la justicia boliviana.
Entre gritos de ‘El Alto de pie, nunca de rodillas’, muñecos representando a Costas y Branko Marinkovich, el líder derechista del Comité Cívico de Santa Cruz, cuelgan de la pasarela. Los manifestantes aplauden, y luego silenciosa y espontáneamente se dispersan, volviendo orgullosos a sus vecindarios. Un grupo más ruidoso permanece. Una vez descolgados ‘Costas’ y ‘Marinkovich’ son golpeados, pateados y finalmente quemados; una forma de recordar que los Alteños se revelaron en el pasado, y que se sublevarán otra vez si las circunstancias lo requieren.
El Alto is Bolivia’s ‘rebel’ city. Formerly a slum suburb of La Paz, it was forgotten by consecutive governments until it became too big to be ignored. Its people, the vast majority Aymara migrants from the surrounding altiplano, relied on strong community networks in the absence of government support. El Alto is now Bolivia’s third largest city and an important economic centre, but its people have not forgotten the importance of solidarity.
On the 20th April 2008, community organisations in the 4th District of El Alto held a Gran Cabildo Popular in protest against the Autonomous Statutes proposed by Ruben Costas, Prefect of the eastern department of Santa Cruz – one of the ‘Media Luna’ (Half Moon) of eastern departments lead by prefects opposed to President Evo Morales. These Statutes were seen by many in El Alto and throughout the western highlands as an attempt to form a fledgling independent state.
The cabildo, a cross between a march and a grassroots political rally, is a demonstration of the community solidarity for which El Alto is renowned. Despite fighting talk from local political leaders, who shout threats of ‘death to the separatists’ from a footbridge, the 2-3,000 strong crowd is reserved. Demonstrators wave the Bolivian national flag and the checkered Wipala, the flag of Andean Nations, or stand staunchly behind banners announcing their neighbourhood association, while children play and elderly women sit knitting. Cabildos in El Alto have not always passed so peacefully; in October 2003, under a government less tolerant of protest, the military opened fire on a similar gathering a couple hundred metres down the road. The massacre of ‘Black October’ is still fresh in El Alto’s communal memory, and several demonstrators carry banners demanding that Gonzalo Sanchez de Lozada, president at the time and currently living in the USA, be brought to justice in Bolivia.
Amid cries of ‘El Alto de pie, nunca de rodillas’ (El Alto on its feet, never on its knees), figures representing Costas and Branko Marinkovich, the leader of Santa Cruz’s right-wing Civic Committee, are hanged from the footbridge. The crowd applauds, and then silently and spontaneously disperses, neighbours marching proudly back to their barrios. A more boisterous group remains. Costas and Marinkovich are cut down, kicked and beaten, and set on fire; a physical reminder that Alteños have risen up in the past, and will rise up again should the circumstances require.


